20100813

El iPad visto desde hace 23 años

Quizá no se ha dicho antes porque si eres trekkie es algo obvio, mientras que si no lo eres lo obvio es que no importa. En particular, yo mismo lo he pensado, pero si no lo he sacado antes a relucir por aquí es porque mi instinto supresor del de es muy fuerte. Eso, y que soy un procrastinador de primera. Pero en Ars Technica han dedicado un extenso artículo a corregir este entuerto: “How Star Trek artists imagined the iPad… 23 years ago”.

Una vez más actúa como fuente de predicciones. Es conocido el caso del teléfono móvil, que convergió de modo casi natural —quizá ayudado por un ingeniero trekkie en Motorola— hacia la forma de los . Ahora, naturalmente, sale a la luz cómo el ha traído al mundo real los dispositivos denominados PADD en . El artículo de Ars Technica revela, con entrevistas a varios componentes del departamento artístico de la serie (, su esposa Denise Okuda, y Doug Drexler), cómo la génesis del PADD y en general de las interfaces táctiles de la nave Enterprise, conocidos como , vino condicionada por un criterio de costes.

Internamente llamados “okudagramas” en honor de su creador, las pantallas de control ubícuas en la nave estelar se dibujaban sobre láminas de acetato transparentes. Iluminadas desde atrás, los espectadores de los años 80 podían disfrutar en sus pantallas de la viva imagen del futuro de la interacción. No resultaba complejo, si la escena lo requería, integrar un monitor tras la lámina de acetato para incluir zonas activas, o añadir esta actividad en postproducción; esta flexibilidad permitió que la técnica de los okudagramas continuara en uso durante toda la duración de La Nueva Generación y el resto de series derivadas del concepto original.

El artículo de Ars Technica se lee como un panegírico del iPad, sin concesiones a la crítica que ya en tiempos de La Nueva Generación se hacía a las interfaces táctiles del (sólo que no por revistas especializadas en asuntos cool y respetados gurús, sino por fans con defectos visuales, exceso de peso y dermatitis seborreica): la falta de respuesta háptica de los paneles táctiles hacía necesario usarlos mientras se están mirando, con lo que la capacidad de visión global de las situaciones, tan apreciada en un puente de mando en pleno ataque de romulanos, borg o cualquier otro enemigo con forma generalmente humanoide y un buen trabajo de maquillaje en la cabeza.

Los años no han cambiado nada: el iPad es un dispositivo poco adecuado para un trabajo continuado sobre medios textuales, y tardaremos en ver su tecnología implementada, por ejemplo, en vehículos, donde el uso común de superficies táctiles está limitado a funciones secundarias como la navegación, además de estar fuertemente desaconsejado su uso durante la conducción —precisamente, por requerir una atención visual completa. Aparte de eso, hay un mérito que no puedo dejar de reconocerle al : la adición del multitouch ha sacado de la oscuridad todo un segmento de mercado, el de las tabletas. Ni siquiera Microsoft, con toda su fuerza y pese a una intensa campaña, lo había conseguido. Eso, y su campo de distorsión de la realidad.

20100809

65. Cero

Hoy cedo la palabra a uno de mis poetas favoritos, , para recordar un poema de su última época, “Cero”. :

Invitación al llanto. Esto es un llanto,
      ojos, sin fin, llorando,
escombrera adelante, por las ruinas
        de innumerables días.
Ruinas que esparce un cero —autor de nadas,
obra del hombre—, un cero, cuando estalla.

Cayó ciega. La soltó,
la soltaron, a seis mil
metros de altura, a las cuatro.
¿Hay ojos que le distingan
a la Tierra sus primores
desde tan alto?
¿Mundo feliz? ¿Tramas, vidas,
que se tejen, se destejen,
mariposas, hombres, tigres,
amándose y desamándose?
No. Geometría. Abstractos
colores sin habitantes,
embuste liso de atlas.
Cientos de dedos del viento
una tras otra pasaban
las hojas
—márgenes de nubes blancas—
de las tierras de la Tierra,
vuelta cuaderno de mapas.
Y a un mapa distante, ¿quién
le tiene lástima? Lástima
de una pompa de jabón
irisada, que se quiebra;
o en la arena de la playa
un crujido, un caracol
roto
sin querer, con la pisada.
Pero esa altura tan alta
que ya no la quieren pájaros,
le ciega al querer su causa
con mil aires transparentes.
Invisibles se le vuelven
al mundo delgadas gracias:
La azucena y sus estambres,
colibríes y sus alas,
las venas que van y vienen,
en tierno azul dibujadas,
por un pecho de doncella.
¿Quién va a quererlas
si no se las ve de cerca?

Él hizo su obligación:
lo que desde veinte esferas
instrumentos ordenaban,
exactamente: soltarla
al momento justo.

                                  Nada.
Al principio
no vio casi nada. Una
mancha, creciendo despacio,
blanca, más blanca, ya cándida.
¿Arrebañados corderos?
¿Vedijas, copos de lana?
Eso sería…
¡Qué peso se le quitaba!
Eso sería: una imagen
que regresa.
Veinte años, atrás, un niño.

Él era un niño —allá atrás—
que en estíos campesinos
con los corderos jugaba
por el pastizal. Carreras,
topadas, risas, caídas
de bruces sobre la grama,
tan reciente de rocío
que la alegría del mundo
al verse otra vez tan claro,
le refrescaba la cara.
Sí; esas blancuras de ahora,
allá abajo
en vellones dilatadas,
no pueden ser nada malo:
rebaños y más rebaños
serenísimos que pastan
en ancho mapa de tréboles.
Nada malo. Ecos redondos
de aquella inocencia doble
veinte años atrás: infancia
triscando con el cordero
y retazos celestiales,
del sol niño con las nubes
que empuja, pastora, el alba.

Mientras,
detrás de tanta blancura
en la Tierra —no era mapa—
en donde el cero cayó,
el gran desastre empezaba.

[…]

El resto del poema, aquí.

20100728

¿Abolicionistas, pro-taurinos?

El reciente debate que ha desembocado en la prohibición, a partir de 2012, de la lidia de toros en Cataluña ha estado desde el principio plagado de despropósitos y argumentos espurios tanto en un lado como en el otro. Por un lado, los partidarios de prohibir la “fiesta nacional” han estado aderezados con el inevitable complemento de intereses independentistas que, siendo legítimos, han cooptado la cuestión de la lidia como elemento diferencial de Cataluña frente a una mítica España opresora y asesina —al menos de toros. Por otra parte, los defensores de la tradición se han apoyado en inútiles argumentos basados en las costumbres y la unidad de destino en lo universal, como si llevar mucho tiempo haciéndose justificara algo por sí mismo y en Francia todavía guillotinaran a los convictos “por el especial tipismo y el valor turístico del evento”.

Mi opinión al respecto es simple: el ser humano no es una entidad estable. La cultura primero, la psicología después, evolucionan sin pausa. En un futuro próximo nuestras principales fuentes de proteínas serán sintéticas por motivos prácticos. Un interesante efecto secundario será la resolución de uno de los primeros conflictos éticos de nuestros hijos: la disonancia cognoscitiva entre el cordero en la granja y el cordero en el plato. Somos conscientes de que hay cierto grado de inteligencia y consciencia en algunas de nuestras fuentes de alimento, pero el principio antrópico, la escasez y la costumbre pesan más en la decisión del matarife. Aún así nuestra cultura ha evolucionado para alejar y ofuscar en la medida de lo posible el hecho de la muerte. La prevalencia, cada vez mayor, de comidas precocinadas en las que toda similitud entre el bicho y el contenido de la caja es pura coincidencia no es más que otra faceta de una transformación cultural y psicológica de la que la abolición de los toros en Cataluña no es más que una mínima muestra.

La “fiesta” habría muerto de muerte natural en tierras catalanas, como lo hará, algún día, en el resto de España. El éxito de la propuesta, bien o mal planteada, revela la verdad. El final está cerca: vayan pensando en importar leones para reciclar las plazas de toros con espectáculos “de gran tradición”.